Violencia: radiografía de las grietas cotidianas

Violencia: radiografía de las grietas cotidianas

Los seres humanos tendemos a organizarnos en grupos aproximadamente homogéneos. Nos aglutinamos en pueblos, clubes, sociedades gastronómicas; gentes con similares apetencias e inquietudes. El grupo nos brinda una seguridad evidente y confortable ahorrándonos el trabajo de la iniciativa crítica, ya que nos facilita un patrón recurrente de comportamiento y una etiqueta distintiva. Todo parecen ventajas.

a. No soy yo, son los otros

Los inconvenientes del agrupamiento surgen con la intolerancia a lo diverso y a la disensión que los grupos tantas veces promueven y favorecen. Resulta tan sencillo imbuirse del sentir mayoritario o de los prejuicios establecidos, tan cómodo evitar disquisiciones o reflexiones, solo adaptarse o mimetizarse al medio ambiente, ajustarse a consignas establecidas, que la mera confrontación de las propias ideas con la realidad se considera poco menos que una apostasía.

El prejuicio es una actitud, mientras que la discriminación es una conducta. Uno puede disentir y dialogar por las diferencias, pero cuando aparece la agresión y la persecución, por lo general, está relacionado con la dificultad para tener una adecuada tolerancia a la realidad porque la realidad se constituye desde lo diverso.

b. Relaciones débiles

Cuando dos personas discuten por un tema específico y terminan enfrentadas, la causa de tal desavenencia no se encuentra habitualmente en el contenido mismo de la discusión, sino en que no se ha construido un vínculo entre ellas o el que hay no resulta suficientemente sólido.

Y es precisamente esa cerrazón a la idea de moverse un ápice de las etiquetas del propio grupo, esa reacción emocional por delante de la reflexión racional la que nos aboca al enfrentamiento y a la incomprensión.

El egoísmo de solo mirar al grupo, casi siempre artificialmente construido sobre epígrafes de pretendida superioridad y de un protagonismo que se arroga injustificadamente, provoca reacciones desproporcionadas y grotescas cuando se piensa que se cuestionan los preceptos más irrefutables y sagrados sobre los que se asienta.

¿Cómo es la lógica de aquellos que son fanáticos?

El fanático no contempla las peculiaridades de su camarilla en términos absolutos, sino que las ensalza y sublima en comparación con las pretendidamente zafias que observa en "el otro". Siempre debe contar con un enemigo exterior que compendia todos los defectos imaginables y concentra todos sus enconos, a la vez que le adjudica la culpabilidad de todas sus carencias, lo que le viene muy bien porque lo exime de cualquier responsabilidad.

Se constituyen así dos mundos, el bueno propio y el malo del enemigo, no existen ojos para otras realidades: o la adhesión inquebrantable o la condena a los infiernos del antagónico.

El fanático suele ser inseguro: por ello asfixia las preguntas, los cuestionamientos, la reflexión. En este punto debemos mencionar la diferencia entre autoridad y autoritarismo. En un contexto de autoridad, puede haber preguntas, disenso, discusión; pero jamás hay agresión. El fanático, a veces autoritario y muchas veces despótico, no acepta preguntar ni discutir justamente por su falta de seguridad interna. Tampoco dudará un instante en recurrir a procedimientos violentos para paliar su carencia de recursos dialécticos.

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